Por su bigote de herradura albino y su pañuelo en la cabeza, casi todo el mundo es capaz de reconocer a uno de los luchadores profesionales más famosos de los EE. UU. En 2006, la estrella del wrestling Terry Gene Bollea, más conocido como Hulk Hogan, no pasaba por su mejor momento. De visita en casa de su amigo Bubba, este le ofreció tener sexo con su mujer para ayudarle a superar la depresión. Todo de buen rollo, nada de cámaras, garantizaba la pareja. Aquella amistosa terapia para superar un bajón acabaría sin embargo grabada en una cinta de vídeo guardada durante años junto a una cama con dosel en el dormitorio del matrimonio en Florida. 

El provocador radiofónico Bubba la Esponja del Amor también es todo un personaje al estilo de su amigo Hulk Hogan. La personalidad enorme que derrocha al micrófono como locutor, rapeando con su grupo o al frente de un negocio de limusinas le había granjeado algunos enemigos entre otros aspirantes a dar la nota en la ciudad de Tampa. Al parecer, uno de esos rivales consiguió colarse un día en su propiedad y encontró aquel material escondido en la mesita de noche. Supuestamente, cuando el vídeo comenzó a circular en 2012 no se trataba tanto de perjudicar a Bollea como a Bubba cuya mujer le dijo a la prensa que estaba muy enfadada de que su familia se hubiese enterado de aquel asunto suyo con «el cursi de Hulk Hogan». 

Naturalmente, nada de esto le sentó especialmente bien a Hogan que esperaba que su privacidad fuese respetada independientemente de estar ejerciendo la «libertad artística» de crear con su vida ese personaje bombástico que representaba en público. La mayoría de los medios se había negado a publicar un robado tan íntimo con un origen ilegal más que probable, pero una nueva generación de proveedores de contenido online había tomado posiciones en aquellas líneas rojas que la prensa más establecida no se atrevía a cruzar.

A pesar de haber sido grabadas sin consentimiento, aquellas imágenes y audios de contenido sexual aparecieron en las webs del grupo Gawker Media. Fundada en Nueva York por el joven periodista Nick Denton, Gawker era una red de varios medios digitales surgida para explotar el auge de la blogosfera de los primeros dosmiles. En aquellos años, nuevas organizaciones dedicadas a dar noticias y opinión surgían de proyectos que habían empezado como blogs temáticos. Esta oleada de blogueros a sueldo empezó a verse como una vanguardia del periodismo capaz de producir contenido con una inmediatez fuera del alcance de la prensa tradicional a la que ellos devolvían la misma mirada condescendiente que recibían de los periodistas más asentados. La rapidez se conseguía a costa de comprobaciones en los hechos o de profundidad en los análisis y, sobre todo, se debía a una fuerte dependencia por generar el máximo tráfico posible que monetizar con publicidad. Allí se escribía prácticamente a peso —cuanto más y más rápido, mejor— con el objetivo de generar clics para los recién estrenados sistemas de anuncios de Google o Amazon. 

La red de blogs de Gawker Media preparó el terreno antes de la llegada las redes sociales o del éxito de medios digitales herederos de muchos de los excesos de aquellos primeros blogs comerciales como Buzzfeed que, un poco más tarde, se dedicaría a mezclar las noticias con todo tipo de contenido viral. Varias de las páginas de Gawker se especializaron en un tipo de amarillismo fresco muchas veces fake. Aquellas publicaciones tampoco tuvieron reparos en, por ejemplo, difundir un rumor que acusaba al actor James Franco de haber violado a un exnovio cuando la directiva ya era consciente de que aquello no era más que un bulo. 

Pero esa política de ir dejando cuentas pendientes con celebridades y gente poderosa es arriesgada —especialmente, cuando estos últimos lo son realmente—. Entre dos de los damnificados por las publicaciones viperinas de Gawker surgió una afinidad por agravio que llevó el asunto de la cinta sexual de Hulk Hogan a otro nivel. En un giro loco de los acontecimientos el bling bling deprimente del famoseo de Tampa —con ricos en horas bajas deambulando tristemente por mansiones de amigos dispuestos a grabarles en secreto— se mezcló inesperadamente con otra pompa de estilo en principio algo más austero: la californiana de los megabillonarios del ambiente de la alta tecnología.

Por las mismas fechas en las que Bubba grababa a su amigo, gawker.com publicaba un post corto con el titular: ¡Gente, Peter Thiel es totalmente gay! Aquella afirmación se refería a un importante inversor que, por entonces, era conocido sobre todo por haber aportado el primer medio millón de dólares en Facebook a cambio del 10% de la compañía y de un puesto en el consejo de administración que todavía hoy conserva. Aunque el artículo estaba escrito celebrando aquello como un atisbo de diversidad en un entorno especialmente masculino, blanco y hetero, también suponía sacar del armario a un VIP por la fuerza, una indiscreción para muchos imperdonable. El propio Thiel así lo se lo tomó quedando desde entonces obsesionado por aquel abuso que consideraba imperdonable. 

Entre las figuras destacadas de Silicon Valley, él siempre ha sido un perro verde con tendencia a apoyar ideas al filo de la navaja sobre las que los otros prefieren mostrarse más precavidos. Excluidos los planteamientos económicos, al menos en apariencia, allí se tiende hacia posiciones más progresistas que en el resto de país. Peter Thiel, sin embargo, siempre se ha mostrado en sintonía con las facciones conservadoras de los EE. UU. Ganarse su confianza posiblemente recomendaba mantener un discreto perfil bajo acerca de su homosexualidad que los de Gawker con sus publicaciones estaban dinamitando. 

Se dice que una frase escrita por Nick Denton, el fundador de aquella red, junto a aquel primer post podría ser el comentario de blog más caro de la historia de Internet por las consecuencias económicas que acabaría acarreando. «La única cosa que es extraña acerca de la sexualidad de Thiel: ¿Por qué demonios ha sido tan paranoico acerca de este descubrimiento durante tanto tiempo?» Fueron las palabras que verdaderamente habían sacado de sus casillas al financiero. La razón, según dijo luego, era que parecían insinuar algún tipo de desequilibrio mental, pero quizás también influyera que ya entonces resultaban especialmente inconvenientes al apuntar a un conflicto entre su estilo de vida y el aceptable para sus socios preferentes en la derecha y ultraderecha en un momento en el que esos lazos no eran tan conocidos por el público. 

En cualquier caso, Thiel se la tenía bien guardada a Gawker Media. «Deberíamos describirlos como terroristas y no como reporteros» fueron sus declaraciones a la prensa acerca de Valleywag, un medio del grupo especializado en tecnología que había empezado a publicar acerca de él y de otras personalidades del ambiente tecnológico. «No entiendo la psicología de la gente que se mata a si misma y hace volar edificios y tampoco entiendo a los que se pasan la vida enfadados» decía en una entrevista en 2009. Habían pasado dos años y el inversor seguía tan a la defensiva como para recurrir a uno de los más burdos de entre los comodines del argumentario neocon —al que por aquí también se le tiene afición cuando para la España más conservadora todo lo que no le gusta es ETA—.

El asunto todavía coleaba tres años después cuando uno de sus jóvenes acólitos sacó el tema cenando juntos en Berlín. Thiel quedó impresionado al no tratarse de un simple comentario para seguirle la corriente, sino de un plan con cara y ojos que con el tiempo resultaría casi profético: con diez millones de dólares en menos de cinco años Gawker Media recibiría su merecido. La identidad de ese misterioso amigo berlines no ha trascendido. Solo unas pocas personas lo conocen incluido el escritor que descubrió su papel en una trama que estaba a punto de iniciarse al investigarla luego para su libro.

Mr. A —como allí se le llama— era lo que se conoce como un «hijo profesional» que prefiere la compañía de los que le sacan unos cuantos años y tiene un talento especial para adivinar qué les interesa y cómo dárselo. A partir de entonces, quedaría encargado de organizar una saga legal y mover los hilos en nombre de su mentor. Solo era cuestión de esperar a que alguno de los digitales del grupo se pasase de la raya otra vez con alguien. Fue entonces cuando empezaron a salir publicadas las imágenes del famoso luchador al que Mr. A contactó inmediatamente ofreciéndole el apoyo financiero de un poderoso benefactor en la sombra para pleitos contra Gawker Media. 

La mano negra de Peter Thiel se encargaría así de administrar justicia y de que aquellos entrometidos acabasen pagando caras sus indiscreciones. Cuestión aparte es ¿En caso de darle a probar a él de esa misma medicina, qué venganza no se merecería alguien que no solo fue el primer promotor de Facebook, sino también el fundador de Palantir uno de los más polémicos proyectos de vigilancia salido de Silicon Valley en los últimos años? 

«Un palantir es una piedra legendaria que permite observar a personas y momentos distantes en el tiempo y el espacio. Sauron la usa en El señor de los anillos para vigilar a sus enemigos, ver cosas que ya han ocurrido y enloquecer a sus víctimas con voces fantasmagóricas. La piedra está conectada al anillo que la ‘llama’ cuando alguien lo usa». En su libro El enemigo conoce el sistema la periodista Marta Peirano cuenta el origen del nombre y los inicios de una empresa creada poniendo en común fondos de Silicon Valley y la CIA. Coincidiendo en el tiempo con aquellos visionarios 500 k que irían a parar a Facebook, Thiel también destinaría 30 M a un proyecto con ramificaciones militares y nombre de piedra vidente. 

Solo una mentalidad que obtiene un placer especial en el humor con tintes macabros acudiría al Señor de los anillos para bautizar a algo así. Palantir, el buscavidas es como titula Marta Peirano el capítulo dedicado a la empresa de Thiel. Su primer encargo para el servicio de inteligencia norteamericano fue un potente buscador que, a partir de cualquier dato de un «enemigo» —un teléfono, una matrícula de coche, un número de tarjeta…—, es capaz de tirar del hilo atravesando todo tipo de información registrable incluidos «correos, chats, historiales de navegación, fotos, documentos, webcams, análisis de tráfico, registros de teclado, claves de acceso al sistema con nombres de usuario y contraseñas interceptados, túneles a sistemas, redes P2P, sesiones de Skype, mensajes de texto, contenido multimedia, geolocalización». 

En Afganistán e Irak, el éxito del software de inteligencia de Palantir fue tal que las tropas de operaciones especiales de las zonas de guerra pronto empezarían a pedir a sus superiores autorización para usarlo en lugar de los programas creados por el Pentágono. En todos estos años independientemente de quién haya estado en el poder, los presupuestos públicos han ido a la baja excepto los de seguridad y defensa. Silicon Valley se ha convertido en laboratorio y feria de muestras para tecnologías de vigilancia. Los políticos se acercan al valle en expediciones de compras para ponerse al día con lo último en software y hardware espía y allí se encuentran a gente como Thiel con su catálogo de novedades. 

Durante los gobiernos de Obama, a Palantir no le fue nada mal. Se le adjudicaron varios contratos millonarios de espionaje, defensa, fiscalidad o incluso uno sanitario piloto, pero su fundador esperaba reforzar su influencia todavía más con los republicanos en el poder. Él fue uno de los pocos magnates tecnológicos que ofreció apoyo financiero y operativo a la campaña de Trump. Con el auge del populismo en Reino Unido y Norteamérica, Palantir se convertiría en un juguete bélico para chicos malos como Trump o Boris Johnson.  Los objetivos ya no se limitarían a los enemigos de la libertad en el estado islámico y otros insurgentes en conflictos lejanos, sino que cada vez más incluirían a la población civil de los propios países. 

En los EE. UU., soluciones de espionaje marca Palantir están siendo usadas en las fronteras de México o los barrios conflictivos especialmente los de población negra. Mientras tanto, en Reino Unido, organizaciones por la transparencia de las administraciones han conseguido que se publiquen los contratos para la gestión de los datos de la pandemia del coronavirus que su gobierno ha firmado con gigantes tecnológicos como Google o Microsoft o con compañías de IA como Faculty o Palantir. Debido a la gravedad y la urgencia de la situación, las protecciones habituales a información especialmente sensible se han relajado. Los expertos han manifestado su preocupación por los términos de unos acuerdos que se hicieron bajo presión dadas las circunstancias. Tal y como han sido redactados, quedan todavía muchas opacidades por aclarar y existe un riesgo elevado de que datos de pacientes acaben expuestos, de que la propiedad intelectual de la información sanitaria recabada pertenezca a las empresas para siempre o de que las adjudicatarias sean al final las que se beneficien de los tratos más que la propia sanidad. 

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Efectivamente, hay un tipo por ahí que se dedica a financiar proyectos de espionaje masivo que afectan a toda la sociedad. Al mismo tiempo, un par de blogueros que airean sus preferencias sexuales suponen para él tal atentado contra la privacidad como para proclamarse a si mismo víctima del terrorismo con licencia para tomar represalias. Tradicionalmente, aumentar la visibilidad de los homosexuales ha sido uno de los objetivos del movimiento LGTB. Cuando alguien que ocupa un puesto importante en el deporte, la cultura o la política deja de esconderse, se considera un avance. En los noventa, grupos de acción directa como Queer Nation resultarían especialmente polémicos por la táctica del outing forzoso de famosos. Para denunciar la hipocresía, se solía señalar a gays con una imagen pública especialmente contradictoria con sus vidas privadas —Peter Thiel hubiese sido un candidato perfecto—. En los dosmiles, salir del armario empezó a no resultar tan controvertido, excepto para alguien como él con planes de vincularse con reaccionarios que reciben el apoyo de grupos evangélicos supremacistas y abiertamente homófobos. Es verdad que Nick Denton, el dueño de aquellos medios digitales y autor del comentario que enfadó al financiero, no era precisamente un activista por los derechos del colectivo LGTB. Más bien se había dado a conocer como un tenaz individualista compartiendo escuela en muchos aspectos con el que sería su rival. La obsesión de Thiel con Denton podría verse como una manifestación extrema del narcisismo de la mínima diferencia: dos exitosos hombres blancos gays con afinidad ideología que, de haberse sentado en una mesa a hablar, probablemente, habrían descubierto un 99% de coincidencias en su cosmovisión elitista. Hoy, sin embargo, los líderes tecnológicos apenas necesitan perder el tiempo en discutir con nadie. La riqueza que acumulan es tanta que, para ellos, unos cuantos millones no son más que calderilla incendiaria en el bolsillo que se administra a través de misteriosos testaferros como Mr. A. 

El proceso judicial Bollea contra Gawker —que el luchador había iniciado en los juzgados de Florida pidiendo la retirada del vídeo— empezó a reavivarse como quien no quiere la cosa en algún momento a finales del 2012. Venido desde LA, un nuevo abogado especializado en celebridades se puso al frente. Casualmente, una firma legal recién constituida entre él y otro socio acababa de inscribirse en un registro mercantil de California. El nuevo despacho se dedicaría casi por completo a aquel caso y a otros relacionados con él y exigiría al fundador dejar sus ocupaciones anteriores. A Gawker Media empezaron a acumulársele demandas siempre con los mismos abogados detrás. Cuando una por impago a becarios no prosperaba, se sumaba otra por difamación interpuesta por una columnista de Hollywood referida a un asunto sobre unos emails con el dueño de Tinder. Entre 2012 y 2016 la saga judicial continuó enredándose y despertando cada vez más sospechas de que aquella supercarga se debía a la intervención de alguien poderoso.

Entretanto, Peter Thiel sacó tiempo en esos años para escribir De cero a uno, un influyente libro de negocios. Desde sus primeros éxitos empresariales, su perfil público combina el rol del puro inversor con el de todo un líder intelectual. En su caso, las ideas no vienen respaldadas por credenciales académicas, sino por los logros de un hombre de acción hecho a si mismo a base de audacia y rudeza desoyendo las normas establecidas y siguiendo las suyas propias al estilo de un capo de los Soprano. De hecho, esa fue la imagen que de forma premeditada proyectó en sus inicios. En 2007 la revista Fortune, especializada en ensalzar a ricos y poderosos, publicó un artículo que popularizó la expresión «mafia de Paypal» para referirse a un grupo de jóvenes emprendedores de Silicon Valley que habían alcanzado el éxito a principios de siglo. La empresa de pagos digitales había sido la cantera de una generación de millonarios con Thiel a la cabeza. Las fotos del reportaje todavía se recuerdan en aquel valle californiano —donde el estilo característico suele ser más casual— como la típica acción publicitaria que a alguien se le ha ido de las manos. Sentados a las mesas de un café, 13 hombres enjoyados alternan el tipo de chándales y trajes que los figurinistas de HBO elegirían para una serie sobre el crimen organizado de Nueva Jersey. Colocado en el centro, Peter Thiel con camisa lila y chaqueta de raya ejecutiva destaca como el Don junto a su consejero Max Lavchin. 

Según allí se cuenta, él y su socio Lavchin esbozaron lo que acabaría siendo Paypal desayunando cerca de la universidad. En 2002 la empresa salió a bolsa alcanzando una valoración de récord y haciendo ricos a todos los implicados en el proyecto que lo celebraron en una fiesta con cervezas y una piñata en forma de dólar. Luego, muchos de ellos aprovecharon los años de bonanza en el tecnológico —que estaba siendo inundado por capitales en busca de un retorno que no encontraban en otros sectores u otras inversiones— para multiplicar aquellas ganancias iniciales apostando por Youtube, Linkedin o Facebook o creando empresas como Tesla o Palantir. 

Para el escritor Noam Cohen, el liderazgo de Thiel no se debe a que piense diferente, sino a que se corta menos en decir lo que piensa. Su ideología está muy extendida entre todos aquellos emprendedores, pero se manifiesta con especial crudeza y sin filtros en sus declaraciones. 

«La principal diferencia entre Thiel y sus compañeros es que él actúa contundente y abiertamente en apoyo de sus ideas, mientras los otros tienden a ser más precavidos y circunspectos. Puede que Stanford abrace la idea de que sus alumnos tienen que convertirse en emprendedores, pero solo Thiel paga a los estudiantes para dejar la universidad y empezar un negocio. Puede que Larry Page el de Google proponga la creación de ‘algún tipo de lugares seguros dónde probar cosas nuevas y comprobar cuál es el efecto en la sociedad, en la gente sin tener que aplicarlo en el mundo real’ pero solo Thiel apoya los estados flotantes en el mar —o seasteading—. Esos compañeros pueden estar preocupados de que la democracia no sea la manera ideal de elegir a nuestros líderes, pero es Thiel el que escribe sin complejos en un ensayo para el think tank libertario del Instituto Cato que ‘los bastos incrementos en los beneficiarios del bienestar y la extensión del sufragio a las mujeres —dos integrantes que resultan especialmente problemáticos para los libertarios— ha convertido la noción de democracia capitalista en un oxímoron.’ Por estos motivos, Thiel se refiere a los años 1920 como la última década en la historia americana en la que uno podría ser genuinamente optimista acerca de la política. Aunque presumiblemente 2016 de habría devuelto la fe en el proceso electoral.» 

Así lo explica el autor de autor de The Know-It-Alls: The Rise of Silicon Valley as a Political Powerhouse and Social Wrecking Ball en un artículo titulado La lógica libertaria de Pether Thiel. En los últimos tiempos, esa lógica libertaria ha estado más al alza que nunca. En nuestro país, la bandera negra y amarilla del anarcocapitalismo y el símbolo libertario de la serpiente se han abierto camino en redes como Twitter. Desde California, una versión hightech ha contribuido a popularizar esta familia de ideologías asociales antiestado. Historias de genios que, disrupción a disrupción, son capaces de mejorar el mundo mientras amasan fabulosas fortunas son el origen de un culto con seguidores en cada rincón del planeta y en todas las capas de la sociedad, desde fans de Rick y Morty a presidentes del gobierno. En ese credo, Thiel es uno de los apóstoles y su teoría de los monopolios benévolos probablemente uno de los pasajes más esclarecedores de su libro. Según se afirma en De cero a uno, la libre competencia es una reliquia del pasado; cuanto más perfecta esta sea, menos posibilidad habrá de que ninguna de las compañías participantes obtenga beneficios a largo plazo. Dado que compitiendo libremente unos contra otros en igualdad de condiciones todos pierden, el estado perfecto del mercado es el monopolio. Todo el mundo gana con unos pocos negocios tan buenos en lo suyo que ninguna otra firma es capaz de ofrecer servicios o productos a la altura. Lo deseable es que el mejor se convierta en el operador único de cada sector. 

Los monopolios son tan buenos que acabarán reemplazando a los gobiernos. Sin las presiones de la competencia, un monopolio puede permitirse el lujo de pagar bien a sus empleados e invertir en el futuro. «Los monopolios creativos no solo son buenos para el resto de la sociedad; son poderosos motores para mejorarla». Con ellos ya no hacen falta regulaciones ni leyes ni impuestos. En esta visión, los dueños de los monopolios son siempre líderes brillantes e incorruptibles que saben cómo gastar el dinero en innovar y mejorar sus productos, no como los políticos que no merecen nuestra confianza. Para perpetuarse, los monopolios se dedican a exagerar el poder de una competencia que no existe mientras van acumulando cuota de mercado y beneficios. Estas ganancias acaban siendo otra especie de impuestos de los que la gente no se queja, ya que ni siquiera sabe que los está pagando mientras usan unos servicios que se han convertido en indispensables. 

En esta fantasía antidemocrática, las decisiones políticas se toman en las oficinas de empresas con éxito sin necesidad de deliberaciones, garantías, contrapesos, votaciones o cargos electos. El gobierno ha de estar en las manos de aquellos emprendedores que han sabido gestionarlas. Todavía más fascinante que descubrir las provocadoras teorías de Thiel en su libro o sus intervenciones públicas es enterarse de cómo el propio autor, más que ponerlas en práctica, se las ha puesto por montera muchas veces en su vida. En sus inicios, Paypal tuvo una relación parasitaria con el gigante de las subastas eBay del que dependía para crecer. Los miembros de la mafia de Paypal casi no habían terminado de aporrear aquella piñata de la fiesta de la salida a bolsa cuando se enteraron de que eBay pretendía prescindir de su servicio de pagos y desarrollar uno propio. Aunque Thiel hubiese preferido no tener que recurrir a papa estado en busca de ayuda, su empresa presentó una queja formal ante el departamento de justicia y la Comisión Federal de Comercio de los EE. UU. acusando a eBay de actos anticompetitivos o, lo que es lo mismo, apelando a la legislación antimonopolios. Por lo que se ve, el monopolio no es tan bueno cuando no te pertenece y la competencia deja de ser una reliquia si salir a defenderla significa poner de tu lado a las administraciones públicas. 

La teoría libertaria del repliegue del estado, ese pésimo gestor entrometido y aprovechado, para ser desplazado por experimentados líderes empresariales que se ocuparán de todo queda bien sobre el papel. A los escritores libertarios como Thiel, sin embargo, no les compromete a nada en su día a día. Que la suscriba en su libro, no impide que el principal cliente de Palantir sean los gobiernos. Igualmente, al patrocinar en secreto el proceso judicial contra Gawker Media, Thiel acude de nuevo al estado como abusón al servicio de quién se lo puede permitir para liquidar cuentas personales. Lo mismo que ya había pasado con eBay, otra vez dirige la presión estatal contra uno de los personajes que su lógica libertaria venera: ese emprendedor hecho a sí mismo capaz de mejorar el mundo con sus genialidades. Lejos de una excepción, estas contradicciones forman parte de una tradición. La escritora Ayn Rand, cuyas ideas son muy influyentes en Silicon Valley y otros ambientes libertarios, se pasó la vida fumando como un carretero despotricando contra la seguridad social que consideraba uno de los peores cánceres de la humanidad. Cuando sus libros no tuvieron la repercusión que esperaba, acudió en secreto arruinada a la sanidad pública con su nombre de soltera para poder operarse por sus problemas respiratorios. Aprovecharse descaradamente de lo público también es una curiosa forma de destruirlo, es la justificación que encuentran los admiradores de estos ideólogos. 

La jugada de azuzar con diez millones de dólares a la administración de justicia contra un rival en la prensa fue un éxito rotundo. En especial, 2016 fue un año infernal para Gawker Media. El juzgado de Florida que se ocupó del proceso condenó a la compañía a pagar 115 millones de dólares por invasión de privacidad y 25 millones más por daños a Hulk Hogan que, después de haber visto «su mundo puesto del revés» como había afirmado durante el juicio, posó para la prensa con botellas de champán y su equipo legal. «El veredicto envía un mensaje a las webs irresponsables: pensadlo dos veces antes de invadir la privacidad de alguien o violar sus derechos» declararía el portavoz; una advertencia que, desgraciadamente, sirve solo para la prensa y no para contratistas de la NSA o el Pentágono como Palantir.

Por su parte, Gawker Media, un grupo rentable hasta la fecha, había tenido que acudir a inversores rusos para pagar su defensa. Tras la sentencia y el recurso, Hogan todavía volvió a la carga pidiendo más dinero esta vez por extorsión. Mientras tanto, nuevas demandas del mismo abogado siguieron apareciendo—como la de un graduado del MIT que aseguraba ser el creador del email y se sentía difamado porque otra web de la red, Gizmodo, había discutido tal afirmación—. La carga de las sanciones hizo que la compañía se declarase en quiebra y fuese adquirida en subasta por el grupo Univisión. En el plan de liquidación, la nueva propietaria llegó a un acuerdo con Hulk Hogan por 32 millones y el compromiso de borrar aquellas historias de los archivos de la web. Varias de las páginas del grupo continuarían funcionando, pero gawker.com tuvo que cerrar tras 13 años activa. 

Thiel disfrutaba tanto de aquel culebrón que empezó a contárselo a demasiada gente hasta que ya no pudo mantenerlo en secreto por más tiempo. Cuando Forbes desveló su apoyo económico a la demanda de un tercero, el financiero hizo una minigira de entrevistas por los principales medios justificándose. Aquello había sido una de sus mejores obras de beneficencia, dijo al NYT. También en el mismo medio, volvería a salir el tema tras el sorprendente resultado de las elecciones de noviembre del 2016 cuando le llamaron para que argumentase a favor de su inversión más arriesgada hasta la fecha —su apuesta por aquel candidato tan polémico que acababa de ganar—. Peter Thiel, el amigo tecnológico de Trump, se explica fue el titular de un artículo que casi parecía hecho a medida para permitirle desplegar su personalizad polarizante con esa capacidad innata que comparte con el presidente de justificar sus acciones creando enfrentamiento entre fanáticos defensores y detractores de un estilo carismático. 

Al parecer, Gawker habría creado una burbuja desquiciada llena de sociópatas de Nueva York. Con declaraciones como esta, de repente, la costa oeste a dónde pertenece el financiero ya no forma parte de las élites costeras que miran por encima del hombro a la América auténtica. Usando términos que había aprendido al aficionarse al wrestling durante el pleito, Thiel explicaba las resonancias entre Hogan venciendo a Gawker y Trump machacando al establishment de su país. Muchos creyeron que el candidato era un «kayfabe »—un movimiento que parece real pero es fake—; sin embargo, resultaría ser un «shoot» —una jugada que se sale del guion y se vuelve real—.

«Y lo que me pregunto es si la lucha libre profesional no será una de las cosas más reales que tenemos en nuestra sociedad y lo realmente inquietante sea que las otras cosas son mucho más falsas. Y cualesquiera que sean las superficialidades de Trump, él era más auténtico que los otros políticos. Hablaba de una manera similar a como lo hace la gente común. La suya no era una especie de neolengua orwelliana que usan muchos de los candidatos. Así que era algo real. Realmente quería ganar».

Una alegoría deportiva como aquella siempre da ese aire popular tan interesante cuando lo que se pretende es convencer de que el establishment son los demás. Lejos de orígenes populares, sin embargo, aquellos que se presentan como hombres hechos a sí mismos suelen salir de las instituciones académicas de élite de los EE. UU. con el camino allanado. Casi todos los fundadores de las grandes compañías tecnológicas han pasado por una. En las aulas de Stanford, en las que Thiel estudió filosofía y derecho, es donde esos jóvenes maman las ideas libertarias de ilustres conferenciantes como Frederick Therman que aboga por una sociedad liderada por los más listos, es decir, sus alumnos. 

Luego, por todas sus provocaciones anarcocapitalistas, este antielitismo de élite no es más que un discurso tecnocrático que permite todo tipo de incongruencias al que está arriba. Desde esta óptica, el intervencionismo estatal ya no es tan pernicioso como selectivo y perfectamente legítimo para molestar a emprendedores rivales, aunque de esta forma se les esté impidiendo hacer que opere esa supuesta magia suya capaz de mejorar las sociedades con prosperidad. No solo dentro de las propias compañías, sino, además, entre quienes compran este discurso, ese culto al líder que tiene permitido hacer de su capa un sayo en todo momento haría corroerse de envidia a cualquier dictador comunista. Al final, invocar la destrucción creativa y los poderes místicos del emprendedor en las sociedades permite justificar cualquier ocurrencia que se le pase por la cabeza al famoso o poderoso de turno. 

Lo problemático no es que así se ganen elecciones tanto como una corriente de fondo antidemocrática a la que estos posicionamientos ideológicos podrían estar contribuyendo. En julio de 2020, un gráfico titulado La crisis de la fe en la democracia publicado por el Financial Times mostraba la dramática curva ascendente de la desafección con los planteamientos democráticos en los principales países anglosajones entre 1995 y 2020. Los políticos y gobernantes no dejan de tener gran parte de responsabilidad en esta tendencia, pero lo que más podría haber contribuido a ella es que, en ese tiempo, las democracias se han tenido que enfrentar a un formidable rival antidemocrático: los fundamentalismos de libre mercado como el de Thiel y compañía, siempre cerca de una clase político-mediática a su servicio gracias al apoyo financiero que recibe, a la amenaza de perderlo o, incluso, de buscarse la ruina al molestar al poder económico como le pasó a Gawker Media. 

Asimismo, otro rival ideológico al alza ha contribuido a aumentar esa desafección con los valores democráticos. Peter Thiel es un buen ejemplo de lo fácil que les está resultando a algunos transicionar de un fundamentalismo a otro. En cinco años desde la publicación de su libro de 2014, el libertario dogmático de aquellas páginas aparecerá convertido al nacional populismo en paralelo al presidente por el que había apostado. En julio de 2019, Thiel participó en la conferencia nacional de conservadores en Washington con un discurso donde enunciaba sus nuevas prioridades: imbuir el conservadurismo de tecnología y propagar la ideología conservadora por el ambiente tecnológico —más allá de los planteamientos económicos reaccionarios que siempre han sido la norma en Silicon Valley—. Curiosamente, el inversor y fundador de tecnológicas globalizadas se dedica ahora a atacar al liberalismo en el punto flaco que acaba de descubrir: la globalización, ese gran fracaso comercial y diplomático de su país —al que él y los otros miembros de su mafia tanto contribuían hace no tanto—. 

El nuevo argumentario está repleto de referencias a la grandeza nacional que es necesario recuperar a toda costa. Ante las audiencias a las que va dirigido, hacer sonar la alerta amarilla resulta especialmente efectivo. La política industrial estatal y el papel de las inversiones públicas en el I+D —tan repudiadas habitualmente por los libertarios— ahora se reivindican debido a la competencia de China. Los conservadores necesitan a un Thiel, un aliado que les estaría ayudando a «revivir la seriedad de los conservadores respecto a a la seguridad nacional de la guerra fría». La innovación y la tecnología con gente como él al frente se dedicará, menos a crear apps estúpidas y más a ofrecer a los americanos «nuevas avenidas para la grandeza y las nuevas ventajas tecnológicas». Escribía uno de los asistentes a la conferencia en un artículo interesante para hacerse una idea de las impresiones que provoca el financiero entre el público más conservador que aplaude sus ataques atrevidos contra los liberales —como las insinuaciones de traición a la patria de Google por trabajar con los chinos o la propuesta de llevar a pleito a las universidades del país responsabilizándolas solo a ellas de la crisis de deuda de los estudiantes—. 

Sin embargo, desde estos ambientes conservadores se ve a Thiel como un interesante aliado, pero nunca como uno de los suyos debido a un estilo de vida que le hace no tener nada que decir en asuntos sociales —como el matrimonio, la familia o los hijos— esos fundamentos de la sociedad que él prefiere tratar, por el contrario, como distracciones del mundo real —el de la economía y, en su núcleo, la tecnología—. Si el conservadurismo en lo social es una de las flaquezas de Thiel frente a su nuevo público objetivo, la crisis del Coronavirus podría estar reforzando su posición en otro aspecto: la crítica que hace al excepcionalismo americano, esa idea de que los EE. UU. son la nación indispensable un pueblo elegido con una gran misión que destaca por encima todos los demás del mundo. 

Aquel asistente conservador a la conferencia se lamentaba de que para Thiel «la retórica del excepcionalismo estadounidense es la mentira piadosa del conservadurismo. Hace que la gente sea perezosa y engreída mientras las infraestructuras se derrumban, los competidores internacionales amenazan la supremacía tecnológica estadounidense y las élites ocultan el declive detrás de celebraciones cada vez más teatrales del progreso a medida que se retiran a enclaves ideológicamente puros y ricos en las ciudades». ¿De qué le sirve a los estadounidenses sentirse excepcionales mientras se destruyen a sí mismos en una acumulación de crisis de los opiáceos, la obesidad o la deuda de los estudiantes?

La respuesta a la pandemia también está siendo allí excepcionalmente mala lo cual respaldaría la propuesta de Thiel de sustituir ese excepcionalismo por un nacionalismo competitivo. Esta fórmula genial permitiría fundir el fundamentalismo del dólar con el de la bandera. Vistos así, los estados serían ante todo unidades económicas haciendo sus ofertas en un mercado de países. 

En junio de 2020, el analista Quinn Slovodian explicaba cómo los asesores de Trump estarían ensayando durante la crisis del Coronavirus algo parecido entre los propios estados de los EE. UU. En un artículo titulado Cómo la derecha libertaria planea beneficiarse de la pandemia, describía la atmósfera de federalismo competitivo que estos estaban promoviendo al diferenciar entre estados rezagados anticrecimiento y estados impulsados procrecimiento. El verdadero patriota ya no se ocupará tanto por aplanar la curva como por buscar la recuperación en V. Esta se conseguirá antes sin tanto contar los muertos, pasando por alto esas tonterías de la economía verde y si nos olvidamos de los impuestos para crear un clima que atraiga al capital y al trabajo. Eso es lo patriótico cuando las naciones son ante todo unas vendedoras y la gente con dinero y talento los clientes a los que atraer. 

El potaje diestro-libertario-populista en el que Thiel y compañía se encuentran como Pedro por su casa es así. En él, los que sujetan biblias se mezclan sin complejos con un tipo para el cual la muerte es cosa de vagos que no se esfuerzan por superarla y que se hace transfusiones de sangre de gente joven para burlarla. Los patriotas, de repente, toman ejemplo de alguien que se acaba de comprar la nacionalidad neozelandesa, un país que los megaricos consideran el refugio para cuando llegue un Armagedón que ellos mismos contribuyen a provocar en su patria de origen, y los creacionistas no tienen inconveniente en alternar con el darwinismo social de la destrucción creativa ¿Qué mejor que un virus que mata sobre todo a pobres, viejos y minorías?